¿Es tan intenso el odio que sentís?¿Arrugás la nariz y fruncís el seño cuando me acerco?
¿Distendís el rostro cuando me alejo?
¿Fantaseás con deshacerte de mí?
¿Deseás borrar cada memoria en la que esté?
¿Cómo es posible que el gran Señor le tema a su siervo? Es la única explicación coherente; se suele recurrir a la ignorancia o incluso (los más valientes y determinados) a sobrellevar una fructífera convivencia, pero ¿al odio? Es la primera vez que lo escucho y desafortunadamente soy tu coprotagonista en este guión descabellado.
Pensar que fui víctima de mi propia inmolación.
Sentir que la pérdida de mi humanidad se justificaba si estaba en juego tu proximidad.
Creer que ya nada valía la pena si no contaba con tu abrazo eterno, con tu amor, dulce pero letal veneno, arma de doble filo, ojo entrenado en busca de una presa.
Miedo.
Temor.
Asfixia.
Si usara la razón y recuperara la cordura, tal vez hallaría una forma de escaparle al gran desvarío antitético personal.
Tírenme una cuerda para descender la montaña. Denme un ovillo que me ayude a encontrarle una salida a este confuso laberinto de desamor.
¡Qué tormento es estar de ti tan distante!
Eterna desazón de una joven cegada por el odioso Cupido.
Sin rodeos, a pesar del tic tac del reloj, de la transfiguración de la luna y la metamorfosis de la mariposa, del cambio de hojas, de la muda de piel, del viraje espiritual y los disfraces del porvenir, esta joven seguirá obcecada y derruida por los sucesivos hechos que, conectados por los piolines etéreos del gran marionetista, abocaron en nuestro encuentro y acarrearon la vigilia de una y mil noches.




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