Pensemos en la persona como en un proyecto. Cada proyecto surge de una idea y de un plan detallado y previamente determinado. Se debe considerar todo aspecto, si la idea pensada es mala o parcialmente débil, el resultado final tarde o temprano llegará a un fin brusco y orientado. Pero por supuesto, al comienzo, todo es iniciativa y emoción desbordante. Se le dedica esfuerzo, constancia y tiempo, tiempo que bien podría ser empleado en otras actividades. Cuando uno se hace con la idea o el proyecto, la autoestima aumenta, y esa autoestima y esa nueva "adquisición" generan otro tipo de sentimientos, sentimientos de arraigue más profundo, sentimientos que se relacionan con lo más primitivo del ser humano, valga la redundancia, la relación humana. A medida que crece y va dando sus frutos, que se ven reflejados en la actitud positiva y serena, se observa su desarrollo y desempeño y las consecuencias que trae aparejado. El proyecto marcha sobre ruedas, dirían. Cuando todo parece indicar crecimiento y prosperidad, nacen los conflictos y se enrieda el alma. Conflictos imbéciles que fácilmente podrían haber sido evitados si se hubiese postpuesto la puesta en común de los mismos. Si no se hubiesen postpuesto, el proyecto podría haber llegado a dos puertos; su desaparición total o el falso optimismo. Los problemas o conflictos irrumpen en el momento más inoportuno y nos derriban y sobrecargan. Se buscan soluciones, pero nada es factible. El proyecto se desmorona ante nuestros ojos, y finalmente todo fue una pérdida.








