21.1.08


Detrás del espejo no hay penumbras ni artimañas, sólo un artífice, dueño del espectáculo. De complexión ordinaria hay algo que cautiva. No son sus ojos, a veces fríos, a veces cálidos, sino atribulados o lacónicos. No son sus manos, colosales cual Panteón. No son sus dedos, ágiles y afables. No es su piel, lactescente cual arena tropical, tersa como el satén. No son sus labios, estrafalarios pero exquisitos y engatusantes, de difícil acceso. No son sus piernas, desprovistas de vello, recias por si acaso. No son sus pies, perfectos cual brisa en verano. Connota algo etéreo. Lo que seduce y aprisiona es lo sugestivo de su mirada, a veces fría, a veces cálida, por siempre infausta. Es su sonrisa risueña, su risa socarronera. Es su voz, penetrante cual navaja, adusta y huraña. Es la melodía que prestidigitan sus manos, que dan reposo perpetuo al extenuado. Son sus pasos erráticos. Es su mente florecida, sus pensamientos sazonados, su genio que no embelece, sino que tiraniza e incita al desagravio infundado. Es inconcebible e indescifrable cómo es que él lo logra; cómo de mariposa transmuta a oruga y sigue siendo mariposa, cómo grazna como cuervo y sosiega a cualquier fiera, cómo siendo tosco y ermitaño estira su mano y la audiencia se estremece. La algarabía que su aparición suscita sólo encuentra explicación si se infiere en que él nació de las moléculas de la Luna y el Sol en colisión.

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