Noche del 19 de febrero de 2001. A las 22.15 horas, vecinos de un terreno baldío cerca de una maquila en Ciudad Juárez (México) marcaron el 060 de los servicios de emergencias de la Policía Municipal para alertarles de que una mujer joven, aparentemente desnuda, estaba siendo golpeada y violada por dos hombres en un automóvil. Tras la primera llamada no fue enviada ninguna patrulla. Después de una segunda llamada, acudió una unidad policial que no llegó hasta las 23.25, demasiado tarde para intervenir. El coche ya se había ido.
Cuatro días antes, la madre de Lilia Alejandra García había denunciado a la Unidad de Atención a Víctimas de Delitos Sexuales y Contra la Familia la desaparición de su hija de 17 años. Lilia Alejandra, madre de un bebé y de un niño de 3 años, trabajaba en la maquiladora Servicios Plásticos y Ensambles.
A las 19.30 de la noche anterior, sus colegas la habían visto caminar hacia un lote baldío sin iluminación, cerca de la fábrica. Lilia Alejandra cruzaba todos los días ese lote para tomar el camino rumbo a su casa. Pero esa noche no llegó a su destino.
A las 19.30 de la noche anterior, sus colegas la habían visto caminar hacia un lote baldío sin iluminación, cerca de la fábrica. Lilia Alejandra cruzaba todos los días ese lote para tomar el camino rumbo a su casa. Pero esa noche no llegó a su destino.
El 21 de febrero fue hallado el cuerpo de una mujer en el descampado cerca de donde se hizo la llamada de emergencia. Estaba envuelto en una manta y presentaba señales de violencia física y sexual. La causa de la muerte se determinó como asfixia por medio de estrangulación.
El cuerpo de la joven fue reconocido por los padres como el de Lilia Alejandra.
Un informe de la Policía Municipal tomado a las 23.09 del 19 de febrero dice simplemente: «reporte sin novedad».
Nadie investigó la identidad de la mujer atacada el 19 de febrero. Nadie investigó si existía conexión entre ese incidente y la desaparición de Lilia Alejandra. Las autoridades nunca investigaron la falta de reacción de la Central de Emergencias de Ciudad Juárez.
Éste es el caso de una de las más de 400 mujeres asesinadas bajo un mismo patrón en Ciudad Juárez, que sumadas a las desaparecidas según organizaciones no gubernamentales mexicanas configuran desde 1993 un panorama aterrador en ese Estado del norte de México.
El patrón escalofriante habla de mujeres y niñas de entre 13 y 22 años de edad, latinas y pobres, que son secuestradas y mantenidas en cautividad. En los días de cautiverio, hasta cinco en algún caso, sufren violación y ataques sexuales, tortura y mutilaciones para ser finalmente asesinadas.
En la mayoría de los casos los cuerpos son abandonados en zonas despobladas de la periferia o en el desierto.
En la mayoría de los casos los cuerpos son abandonados en zonas despobladas de la periferia o en el desierto.
Ciudad Juárez está ubicada en la frontera con EE.UU., separada de la Ciudad de El Paso por el Río Bravo. Esta situación le ha permitido un desarrollo económico importante, pero también ha atraído al crimen organizado, en particular el narcotráfico, que ha generado altos niveles de violencia.
A mediados de los años 60, el Estado Mexicano adoptó un programa de industrialización que creó las condiciones necesarias para la instalación en la zona de empresas ensambladoras de productos de exportación, las llamadas maquiladoras.
Las ventajas ofrecidas a las empresas para establecer fábricas ha supuesto que una gran cantidad de compañías transnacionales se instalen para aprovechar las condiciones favorables, incluyendo mano de obra barata, impuestos muy reducidos o inexistentes, patrocinio político y sólo unas normas reguladoras mínimas. El crecimiento vertiginoso de la actividad maquiladora en la zona de Ciudad Juárez se aceleró con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) con sus vecinos del norte en 1994 y se extendió al interior de México. Sin embargo, la recesión mundial a partir del 2000 ha tenido un impacto severo en la zona.
La rentabilidad de la industria maquiladora de Ciudad Juárez en gran parte se
sustenta en los bajos salarios de los empleados en comparación con los de EE.UU. y otros países desarrollados, pero son altos comparados con los sueldos de otros Estados de México. Ésta es la razón de que la industria maquiladora sea un fuerte imán que atrae a un gran número de personas de otras partes del país, golpeadas por la pobreza a causa de las crisis económicas y la reestructuración industrial, en busca de trabajo o como primer paso antes de intentar entrar en EE.UU. Las víctimas de estos brutales asesinatos suelen ser estudiantes y trabajadoras de las maquiladoras –actualmente, el cincuenta por ciento del personal de estas ensambladoras son mujeres- que se ven obligadas a viajar solas recorriendo en autobús largos trayectos que van desde los barrios pobres donde viven a sus lugares de trabajo.
La respuesta de las instituciones a estos asesinatos ha sido un cúmulo de incompetencias y negligencias que ha supuesto de hecho un encubrimiento e invisibilización de la violencia femicida.
Pistas ignoradas, demoras o paralizaciones de las investigaciones, incapacidad para proteger pruebas, exámenes forenses negligentes, desviación y falsificación de pruebas, aplicación de torturas en investigaciones, hostigamiento hacia familiares de víctimas y defensores/as de derechos humanos jalonan un espeluznante recorrido que conduce irremediablemente hacia una absoluta impunidad. Un escueto ejemplo puede reflejar esta actitud. En septiembre de 2002, se descubrió el cadáver semidesnudo y con señales de abuso sexual de Erika Pérez. Según el informe de la Policía Municipal, la víctima fue hallada entre arbustos con la blusa por encima de los senos y el pantalón en las rodillas. Fue encontrada con la correa del bolso alrededor del cuello.
A pesar de estos indicios, el procurador declaró que no fue atacada sexualmente, que «la joven trabajaba en un bar y que murió de sobredosis». Por lo tanto, la investigación quedó fuera de la competencia de la Fiscalía Especial para la Investigación de Homicidios de Mujeres. Las ONGs pidieron una segunda autopsia con la presencia de un experto externo, ya que no confiaban en la Procuraduría. Pero la petición fue denegada y el caso se cerró.
Lo indignante es la total pasividad, la falta total de voluntad política de resolver estos asesinatos, la persecución de los familiares y organizaciones que han denunciado estos hechos, lo fácil que resulta asesinar mujeres pobres en Ciudad Juárez y la impunidad de la que disfrutan los asesinos y sus encubridores.
Las cruces en el desierto nos recuerdan
las miserias que el sistema patriarcal y el sistema capitalista producen. Intentan sepultar los despojos de las mujeres que devoran, pero no pueden acallar las voces de sus familias.«No nos dejen solas» es el desgarrador grito de las madres de las víctimas. Es nuestra responsabilidad no abandonarlas en el vacío al que las han abocado los amos y traficantes de sufrimiento humano.
Nos matan por ser mujeres
«Nos matan desde los inicios de la sociedad humana, desde que quisimos construir un mundo sin jerarquías, sin la supremacía de las guerras –génesis contra natura de los pactos de convivencia pacífica. Nos matan desde que nos pusimos de pie e intentamos proclamar una igualdad que nunca hemos alcanzado hasta ahora. Nos matan en un presente perpetuo por la fuerza bruta cuando, aún defendiéndonos en ese acto final, no podemos evitar que nos arrojen por una ventana, nos estrangulen, nos atropellen por la calle, nos den una cuchillada, un balazo o un golpe preciso. Nos matan simbólicamente millones de veces en una vida cuando violan y vejan nuestro cuerpo o nos maltratan física y psicológicamente. Cuando abusan sexualmente padres o extraños siendo niñas. Nos matan cuando nos venden como esclavas sexuales, nos obligan a ejercer la prostitución o a ser objeto de la pornografía. Nos matan cuando nos desplazan en las guerras, nos secuestran para enrolarnos en los ejércitos o nos violan sistemáticamente los distintos bandos que participan en conflictos armados. Nos matan cuando mutilan nuestros clítoris, nos obligan a engendrar hijos o a parirlos o nos someten a una heterosexualidad forzada. Nos matan cuando nos acosan sexualmente en el trabajo, nos pagan menos que a los hombres por igual desempeño o no reconocen nuestras tareas de amas de casa como una labor remunerada. Nos matan cuando a las campesinas nos prohíben ejercer nuestro derecho a poseer la tierra o no nos dejan
heredarla. Nos matan cuando no nos permiten ir a la escuela o a la universidad. O nos suprimen sutilmente la posibilidad de estudiar cierto tipo de carreras. Nos matan cuando no nos dejan acceder a puestos de poder en la política, las fabricas, las empresas, los medios de comunicación... Nos matan desde el Estado cuando minimizan estas y otras tantas prácticas femicidas. Nos matan desde la tiranía del lenguaje, que, en su genérico, nos subsume al masculino y así, hombres y mujeres son hombres, a fin de cuentas las mujeres empezamos a ser invisibles en el lenguaje. Nos matan cuando colonizan nuestros cuerpos con finitos y fracasados discursos del poder o con la hegemonía androcéntrica de las ideologías.
heredarla. Nos matan cuando no nos permiten ir a la escuela o a la universidad. O nos suprimen sutilmente la posibilidad de estudiar cierto tipo de carreras. Nos matan cuando no nos dejan acceder a puestos de poder en la política, las fabricas, las empresas, los medios de comunicación... Nos matan desde el Estado cuando minimizan estas y otras tantas prácticas femicidas. Nos matan desde la tiranía del lenguaje, que, en su genérico, nos subsume al masculino y así, hombres y mujeres son hombres, a fin de cuentas las mujeres empezamos a ser invisibles en el lenguaje. Nos matan cuando colonizan nuestros cuerpos con finitos y fracasados discursos del poder o con la hegemonía androcéntrica de las ideologías. Otro mundo es posible, con nosotras en movimiento, en acción. ¿Tan desgarrador es asimilar el paradigma de que nos matan por ser mujeres? No podemos seguir viviendo en un duelo histórico permanente. ¿Qué nos pasa? ¿Dónde estamos? Abandonemos la cárcel de la apatía. Salgamos de las academias, las fábricas, los laboratorios, las casas, las oficinas, los campos. Unámonos. Atrevámonos a construir un nuevo movimiento social.
La sombra de las asesinadas nos persiguen. Sus voces son filosos aullidos en el panóptico de la desesperación. Desesperar para comprender. Para modificar la actitud del cuerpo. Respetar a las víctimas. Hallar los resquicios de la belleza en el dolor de la pérdida. Imaginar su entereza en ese momento que precede a la muerte: ¿Sabes lo fuerte que es una mujer para resistir la agresión hasta los últimos instantes de su existencia, arrancándole vida a la sangre, respiración a la asfixia, cicatriz a la mutilación, dignidad a la violación? ¿Cómo se atreven a considerarnos débiles? Desde esa supuesta debilidad, hoy más que nunca hemos levantado nuestra voz para reclamar el espacio que no nos han dejado ocupar. Desde esa resistencia mortal estamos denunciando en todos los países del planeta que la violencia machista y misógina nos mata.
Nos matan por ser mujeres pero no tienen el poder de quitarnos nuestra
identidad, nuestra condición femenina, nuestra elección por la vida.Tal vez haya llegado la hora de rebelarnos a los postulados del exterminio, de la negación del otro-otra. Tal vez haya que tirar abajo las bases del paradigma cartesiano.
Cerremos filas en contra de la agresión institucionalizada con una acción planetaria conjunta. Paralicemos la tierra con una resistencia pasiva en contra del terrorismo sexual, de los ejércitos, de la fabricación de armas de destrucción masiva, de las mafias, de las naciones imperialistas, de la concentración de la riqueza, de los fanatismos supuestamente liberadores... Dejen de matarnos. Desde los extremos y desde los matices. En Ciudad Juárez y en todos los confines del universo».
Graciela Atencio, Rebelión
(Lo que daría por haber escrito lo anterior.)





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